sábado, 23 de septiembre de 2017

pasto

La cara de lo masticado
por el tiempo roedor
tiene facciones cinceladas
con el más suave de los pinceles.
Qué bajón que muera el pasto 
donde pisa demasiada gente.
Qué bajón que hayan crecido
y muerto enredaderas en tus
entrañas y todo alrededor
en los años que pasaron
desde que alguien te las revolvió.
¿Estirar tu primavera a todo
lo largo de tu año,
y todos los años que quedan,
también es malgastarla?
Murieron árboles enteros
para que yo escriba,
murieron pastos
donde corrí,
y no puedo explicar
cuánto
me chupa un huevo.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Diane

Diane, son las 11.30am
del 24 de febrero.
Nunca vi tantos árboles en mi vida.
Es gracioso que si se cae uno solo sobre mi auto moriré.
Es gracioso porque todo lo imponente y potencialmente letal
se multiplica cuando no estás.
Me llamaron porque mataron a una nena.
Apareció en la playa,
envuelta en plástico y ajustada con cinta scotch
como un enorme arrollado de matambre.
Otra está desaparecida así que
en estos días nos la devolverán
hecha un cacho de carne más.
Matambre, pollo deshuesado, jamón crudo, qué se yo.
Pobre piba.
No sabés el hambre que tengo.
Quiero comerte la boca y que después la uses
para comer sánguches de matambre
y para mandarme a cagar.
En vez de agente me voy a hacer meteorólogo.
Si voy a equivocarme un 60% del tiempo,
por lo menos quiero que me paguen por hacerlo.
La piba apareció toda harapienta y aturdida
bajando la montaña
y ahora me siento una mierda de persona.
Diane, olvidate del matambre.
Acá tienen una tarta de cereza
que hace parecer a tu boca amarga en comparación.
Te voy a tener que llevar una y quizá
te endulce un poco,
y perdón si no paro de hablar de tu boca
pero quizá la cereza o el paisaje
quizá la chica matambre o la chica postraumática
distraigan a tu boca de su pequeño circo:
aspirar del cigarrillo, soplar el humo
(medio hacia arriba y medio hacia el costado)
y decir "Andate a la mierda, Cooper".

martes, 19 de septiembre de 2017

Te comento

Hermosa,
Si todavía tenés energías para escucharme despotricar. Hola, tanto tiempo. Hoy me acuerdo de vos. La semana pasada me acordé de vos. Ayer no, y es probable que mañana tampoco. Pero hoy me acordé de vos y me pregunté si todavía te acordarás de mí.
Cuando te vi me sonreíste. Me diste escalofríos imposibles en mitad del verano porteño. Trotaste hacia mí como si supieses que las horas estaban contadas. Buscaste en mis ojos la confirmación de tus presentimientos y estaba ahí, por supuesto que estaba ahí en primer plano. Me diste un beso y no había más qué decir. Llegué a casa esa tarde queriendo gritar y que todos me oyeran. Gritar que nunca me había sentido más fuerte que al recorrer las calles de la capital de tu mano. Lejos de casa, lejos del miedo, devolviendo miradas desafiantes a cada uno que se atreviera a mirarnos con asco y con desdén. Te pediste un café asquerosamente dulce. Me dijiste que te sentías contenida. Me miraste con intriga. Me dejaste entrar a tu laberinto sin pagar entrada.
La vez siguiente que te vi te convertiste en mi lugar favorito. Te teñiste el pelo de todos los colores fríos, te tiraste medio ebria al agua caliente y te hiciste un bollito feliz en el suelo. Me enrosqué como una crisálida a tu lado mientras hacías que las canciones que la radio había arruinado sonaran como un encantamiento; una poción de tu voz, tus ojos entrecerrados y tus dedos en las cuerdas del ukelele. Me seguiste al balcón, donde yo me maravillaba con las luces de todos colores, con los autos moviéndose desde abajo nuestro hasta el horizonte como hormigas incandescentes. ¿Te acordarás de cómo era cuando todavía algo me podía sorprender?
No iba a poder dormir. No iba a poder dormir sin tocarte cuando estabas tan presente y tan real, y te me ibas acercando con curiosidad. Me encanta que la curiosidad sea el motor que te lleva a todos lados. Te apuesto a que no sabías que las hormigas cargan hasta diez veces su peso. Te apuesto a que no sabías que todo era nuevo para mí. Podría haberme escondido en un ambiente de tres metros cuadrados, intentando en vano no hacer ningún ruido, con cualquiera y te elegí a vos.
Te escribí más poemas que a nadie, y casi todos terminaron en la basura. Nada que pudiera escribir me iba a hacer recordar tu sonrisa tal como es, tal como me daba vuelta las entrañas cuando me agarraba desprevenida. Me venía preguntando cuándo fue que no te abracé con suficiente fuerza, cuándo fue que te miré con algo menos que devoción, cuándo me quedé con alguna parte de mí que te podría haber dado. Sé ahora que nunca lo hice, y no puedo seguir adjudicándome culpas. Sé que vos viste también cómo se detuvo el tiempo cuando te di un beso en medio de ese recital. Cuando la que era mi banda favorita, desde cuando aún no sabía que existías, puso una bandera de arco iris de fondo para decir que estamos mejor cuando amamos a alguien. Me gustaría haberte dicho tantas cosas apiñadas en ese minuto como las que quisiera haberte dicho hace meses.
Escuchá, si todavía tenés curiosidad. El veranito de San Juan son esos días a fines de junio donde, de un día para el otro, empieza a hacer un calor primaveral a pesar de ser pleno invierno. Te despertás y te confunde que haya tanta luz, salís de tu casa y volvés a entrar para deshacerte de un par de abrigos. Me hubiese gustado decirte alguna vez que eso eras para mí; que me hiciste sentir de todo cuando pensé que ya no sentiría nunca más nada, que me diste algo en qué pensar cuando todo parecía ir en caída libre. Perdón si te dije que perderte era solo una bolsa de basura más en el vertedero que era mi vida. No sos un problema, nunca lo fuiste. El invierno siempre vuelve con más fuerza detrás del calor, y no se puede culpar al viento del norte por disiparse cuando no tiene forma de hacer otra cosa.
A veces me sentía aliviada por el brillo de tu juventud. Nada te es estático, vivís enojada con tu imposibilidad de cambiar todo lo que está mal en el mundo con tus propias manos, te aburrís y te arrepentís y tanteás y te avergonzás. No tenés nada que perder, porque el tiempo que tenés adelante es ínfimo e infinito al mismo tiempo. Siempre me dijiste que no parecía solo un año el que nos separaba. Que éramos de generaciones diferentes, de planetas que giraban en direcciones opuestas. No es el tiempo, hermosa, es la memoria. La tristeza sostenida te puede hacer recordar vívidamente recortes de los días donde todavía nada dolía. Los programas de televisión, las noticias irrelevantes, las cosas que aprendía en la escuela, en qué lugar leí cada libro que leí y cómo me hizo sentir. Un alma sana se desprende de lo innecesario para acercarse más a creer que quizá, solo quizá, estos sí sean los años más felices de nuestras vidas. ¿Cómo te olvidaste de cuando a Steve Irwin lo atravesó una mantarraya?
Una vez te regalé una caja llena de caramelos, poemas de mujeres que ya murieron escritos en pluma en papelitos sueltos, y un anillo con un brillante en el centro. Quise darte flores y nunca te di flores. Nunca te pregunté cuáles eran tus flores favoritas, sólo sé que no te gusta que tiñan las flores blancas de colores extraños. Espero que no hayas enterrado ese anillo en un cajón para siempre, ni tirado esos poemas a la basura con los restos del troquelado de un cuaderno. Espero que no me hayas arrancado de vos, sino que estés dejando que el recuerdo de nuestros días bajo el sol y la lluvia se laven de a poco como una mancha de tintura. Algún día te vas a olvidar completamente de mí y ya no me duele saberlo. Sé que vos vas a quedar en mí, en mi recorte de recuerdos que funciona de forma tan extraña. Se van a ir borrando las cosas importantes, pero lo más pequeño de todo va a quedar tatuado en mis pupilas. Como cuando en una tarde de abril rocé tu nuca con mis dedos y se te detuvo el habla. Te temblaron los párpados, entrecerraste los labios y tu cabeza persiguió mis caricias como un gato de la calle que nunca antes se dejó acariciar. Como cuando me senté a los pies de tu cama a leer un libro para que recuperes un par de horas de sueño y te dormiste mientras yo jugaba con tus rulos. Como la fosforescencia de cada sonrisa; las falsas, las verdaderas, las infundadas que se te escapaban pensando en cualquier cosa.
No sé por qué alguna vez deseé que nadie te amase así nunca más, pero nunca fue en serio. Ojalá toda persona que conozcas te ame, te ame con esa fuerza y te haga sentir el centro y la luz de todo el universo. Lo merecés. Todo te merecés.
Eso es todo lo que te quise decir hoy cuando me acordé de vos.

Nada, te comento.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Veranito de San Juan

Una salida de emergencia para este presente
empeñado en estirarse eternamente.
Lejos de casa, lejos del miedo,
brisa en la cara de rechazo y desdén,
asquerosamente dulce.
¿Te acordarás de cómo era,
de cómo era yo,
cuando algo me podía sorprender?
Enroscada en el badén de tus costillas
una crisálida expectante de sol.
Rocé tu nuca con mis dedos
(quedaste sin habla
y quedé sin aire).
Tu cabeza perseguía mis caricias
como un gato de la calle
que nunca se dejó acariciar;
cada vez, cada vez,
cada vez menos.


viernes, 15 de septiembre de 2017

raíces

aprendí que, si algo echa raíces, es porque no está hecho para que lo arranquen
cuando dejé de depilarme
y cuando me dejaste de agarrar la mano
mientras paseábamos

3

El tercer día que te vi, el colectivo tardó treinta y tres minutos en llegar a la esquina de tu casa. Di tres vueltas a la manzana hasta que pudiste escapar y miraste a la vereda del frente primero, luego a la izquierda, y por último a mí.
Y me sonreíste.
Creo que si te dieras una remota idea de cómo erupcionan cadenas volcánicas en todo mi cuerpo cada vez que me sonreís te asustaría quemarte de solo tocarme.
Te abracé por siglos en una parada de colectivo más. Sentía las miradas de reojo de la gente, como se alejaban, como se esforzaban por no mirar y miraban de todas formas. Sentía cómo se complementaban las curvas de nuestros cuerpos con la precisión milimétrica de una obra de ingeniería.
Mi pera sobre tu cabeza, tu mejilla en mi pecho, mis pechos en tu cuello, los tuyos en mi cadera, mis manos en tu cintura, la gotera de un aire acondicionado en nuestras nucas aunque no importara más que para reír bajito.
Dijiste por tercera vez en el día que te podías quedar así, ahí, por siempre.
Haciendo de cuenta que las casualidades no existían, te dije en broma que te cases conmigo y podrías estar ahí todo lo que quisieras.
La tercera será la vencida, pero el loop de tu sonrisa tatuado atrás de mis párpados no sabe de números.
Pusiste cara de "no.
Lo tengo que pensar,
pero no."
Y quizá a la cuarta o a la centésima pueda mirarte a la cara sin colapsar, y quizá tenga que dejar de leer respuestas en tus ojos porque vas a decir
de una vez
sí.

domingo, 7 de mayo de 2017

Pecas

Pecas.
Catorce, para ser exacta;
Solo en el lado izquierdo de tu nariz,
Cuando el sol aún se aferraba a tu
Piel de verano, tu cara de oasis.

En la lista de metáforas
Con las que de chica esperaba
Poder comparar a quien me hallase
Solo veía rosas y diamantes
Encajonando en un objeto, una frase
Lo que podía ser tan gigante
Como una chica despeinada.

Me engañaron, nos mintieron
Los diamantes serán irrompibles
Para mis pobres torpes manos
Pero jamás verán el sol.
Y las rosas mueren en un son ligero
Dejando a mi culpa impasible
Pero la tarea sería rápida y en vano
De contar sus pétalos.

Pecalos
Me dijeron tus iris castaños
Si tenés deseos extraños
Y te dicen que están mal,
Pecalos igual
Te hice caso y lo haría de nuevo
Por siempre, porque sí,
Porque ¿qué puede ser el infierno
Más que un mundo paralelo
En el que no te conocí?

viernes, 27 de enero de 2017

magia

Una lluvia de verano se muere de risa
de la magia cotidiana que atraviesa
continentes en una onda expansiva
de energía silenciosa, milenaria, belicosa
y pega de arco reflejo
a éste con ésta, a éste con éste,
a ésta con ésta, a mí contra el cemento.
Una magia de esas 
que hace rato no te detiene los pasos;
se volvió un jingle que da vueltas
en la radio por diez años.
Pecó de sigilosa, a su pesarno sabe todo
lo que podría construir con tus manos
mientras miraba con recelo cómo
contra todo pronóstico vos gritás
y voces rebeldes responden a tu aullido.
Contra todo pronóstico,
cambiás un poco de la magia por
una luz algo más luminosa
con toneladas de alientos vivos
y cuerpos rebeldes responden a tu roce.
El más ínfimo y precioso espectro  visible
de esa magia con nombre de amor
lo guardás expuesto en la vitrina de tus iris,
para que sea tuyo siempre
antes que de alguien más.