viernes, 15 de septiembre de 2017

3

El tercer día que te vi, el colectivo tardó treinta y tres minutos en llegar a la esquina de tu casa. Di tres vueltas a la manzana hasta que pudiste escapar y miraste a la vereda del frente primero, luego a la izquierda, y por último a mí.
Y me sonreíste.
Creo que si te dieras una remota idea de cómo erupcionan cadenas volcánicas en todo mi cuerpo cada vez que me sonreís te asustaría quemarte de solo tocarme.
Te abracé por siglos en una parada de colectivo más. Sentía las miradas de reojo de la gente, como se alejaban, como se esforzaban por no mirar y miraban de todas formas. Sentía cómo se complementaban las curvas de nuestros cuerpos con la precisión milimétrica de una obra de ingeniería.
Mi pera sobre tu cabeza, tu mejilla en mi pecho, mis pechos en tu cuello, los tuyos en mi cadera, mis manos en tu cintura, la gotera de un aire acondicionado en nuestras nucas aunque no importara más que para reír bajito.
Dijiste por tercera vez en el día que te podías quedar así, ahí, por siempre.
Haciendo de cuenta que las casualidades no existían, te dije en broma que te cases conmigo y podrías estar ahí todo lo que quisieras.
La tercera será la vencida, pero el loop de tu sonrisa tatuado atrás de mis párpados no sabe de números.
Pusiste cara de "no.
Lo tengo que pensar,
pero no."
Y quizá a la cuarta o a la centésima pueda mirarte a la cara sin colapsar, y quizá tenga que dejar de leer respuestas en tus ojos porque vas a decir
de una vez
sí.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario