Hermosa,
Si
todavía tenés energías para escucharme despotricar. Hola, tanto
tiempo. Hoy me acuerdo de vos. La semana pasada me acordé de vos.
Ayer no, y es probable que mañana tampoco. Pero hoy me acordé de
vos y me pregunté si todavía te acordarás de mí.
Cuando
te vi me sonreíste. Me diste escalofríos imposibles en mitad del
verano porteño. Trotaste hacia mí como si supieses que las horas
estaban contadas. Buscaste en mis ojos la confirmación de tus
presentimientos y estaba ahí, por supuesto que estaba ahí en primer
plano. Me diste un beso y no había más qué decir. Llegué a casa
esa tarde queriendo gritar y que todos me oyeran. Gritar que nunca me
había sentido más fuerte que al recorrer las calles de la capital
de tu mano. Lejos de casa, lejos del miedo, devolviendo miradas
desafiantes a cada uno que se atreviera a mirarnos con asco y con
desdén. Te pediste un café asquerosamente dulce. Me dijiste que te
sentías contenida. Me miraste con intriga. Me dejaste entrar a tu
laberinto sin pagar entrada.
La
vez siguiente que te vi te convertiste en mi lugar favorito. Te
teñiste el pelo de todos los colores fríos, te tiraste medio ebria
al agua caliente y te hiciste un bollito feliz en el suelo. Me
enrosqué como una crisálida a tu lado mientras hacías que las
canciones que la radio había arruinado sonaran como un
encantamiento; una poción de tu voz, tus ojos entrecerrados y tus
dedos en las cuerdas del ukelele. Me seguiste al balcón, donde yo me
maravillaba con las luces de todos colores, con los autos moviéndose
desde abajo nuestro hasta el horizonte como hormigas incandescentes.
¿Te acordarás de cómo era cuando todavía algo me podía
sorprender?
No
iba a poder dormir. No iba a poder dormir sin tocarte cuando estabas
tan presente y tan real, y te me ibas acercando con curiosidad. Me
encanta que la curiosidad sea el motor que te lleva a todos lados. Te
apuesto a que no sabías que las hormigas cargan hasta diez veces su
peso. Te apuesto a que no sabías que todo era nuevo para mí. Podría
haberme escondido en un ambiente de tres metros cuadrados, intentando
en vano no hacer ningún ruido, con cualquiera y te elegí a vos.
Te
escribí más poemas que a nadie, y casi todos terminaron en la
basura. Nada que pudiera escribir me iba a hacer recordar tu sonrisa
tal como es, tal como me daba vuelta las entrañas cuando me agarraba
desprevenida. Me venía preguntando cuándo fue que no te abracé con
suficiente fuerza, cuándo fue que te miré con algo menos que
devoción, cuándo me quedé con alguna parte de mí que te podría
haber dado. Sé ahora que nunca lo hice, y no puedo seguir
adjudicándome culpas. Sé que vos viste también cómo se detuvo el
tiempo cuando te di un beso en medio de ese recital. Cuando la que
era mi banda favorita, desde cuando aún no sabía que existías,
puso una bandera de arco iris de fondo para decir que estamos mejor
cuando amamos a alguien. Me gustaría haberte dicho tantas cosas
apiñadas en ese minuto como las que quisiera haberte dicho hace
meses.
Escuchá,
si todavía tenés curiosidad. El veranito de San Juan son esos días
a fines de junio donde, de un día para el otro, empieza a hacer un
calor primaveral a pesar de ser pleno invierno. Te despertás y te
confunde que haya tanta luz, salís de tu casa y volvés a entrar
para deshacerte de un par de abrigos. Me hubiese gustado decirte
alguna vez que eso eras para mí; que me hiciste sentir de todo
cuando pensé que ya no sentiría nunca más nada, que me diste algo
en qué pensar cuando todo parecía ir en caída libre. Perdón si te
dije que perderte era solo una bolsa de basura más en el vertedero
que era mi vida. No sos un problema, nunca lo fuiste. El invierno
siempre vuelve con más fuerza detrás del calor, y no se puede
culpar al viento del norte por disiparse cuando no tiene forma de
hacer otra cosa.
A
veces me sentía aliviada por el brillo de tu juventud. Nada te es
estático, vivís enojada con tu imposibilidad de cambiar todo lo que
está mal en el mundo con tus propias manos, te aburrís y te
arrepentís y tanteás y te avergonzás. No tenés nada que perder,
porque el tiempo que tenés adelante es ínfimo e infinito al mismo
tiempo. Siempre me dijiste que no parecía solo un año el que nos
separaba. Que éramos de generaciones diferentes, de planetas que
giraban en direcciones opuestas. No es el tiempo, hermosa, es la
memoria. La tristeza sostenida te puede hacer recordar vívidamente
recortes de los días donde todavía nada dolía. Los programas de
televisión, las noticias irrelevantes, las cosas que aprendía en la
escuela, en qué lugar leí cada libro que leí y cómo me hizo
sentir. Un alma sana se desprende de lo innecesario para acercarse
más a creer que quizá, solo quizá, estos sí sean los años más
felices de nuestras vidas. ¿Cómo te olvidaste de cuando a Steve
Irwin lo atravesó una mantarraya?
Una
vez te regalé una caja llena de caramelos, poemas de mujeres que ya
murieron escritos en pluma en papelitos sueltos, y un anillo con un
brillante en el centro. Quise darte flores y nunca te di flores.
Nunca te pregunté cuáles eran tus flores favoritas, sólo sé que
no te gusta que tiñan las flores blancas de colores extraños.
Espero que no hayas enterrado ese anillo en un cajón para siempre,
ni tirado esos poemas a la basura con los restos del troquelado de un
cuaderno. Espero que no me hayas arrancado de vos, sino que estés
dejando que el recuerdo de nuestros días bajo el sol y la lluvia se
laven de a poco como una mancha de tintura. Algún día te vas a
olvidar completamente de mí y ya no me duele saberlo. Sé que vos
vas a quedar en mí, en mi recorte de recuerdos que funciona de forma
tan extraña. Se van a ir borrando las cosas importantes, pero lo más
pequeño de todo va a quedar tatuado en mis pupilas. Como cuando en
una tarde de abril rocé tu nuca con mis dedos y se te detuvo el
habla. Te temblaron los párpados, entrecerraste los labios y tu
cabeza persiguió mis caricias como un gato de la calle que nunca
antes se dejó acariciar. Como cuando me senté a los pies de tu cama
a leer un libro para que recuperes un par de horas de sueño y te
dormiste mientras yo jugaba con tus rulos. Como la fosforescencia de
cada sonrisa; las falsas, las verdaderas, las infundadas que se te
escapaban pensando en cualquier cosa.
No
sé por qué alguna vez deseé que nadie te amase así nunca más,
pero nunca fue en serio. Ojalá toda persona que conozcas te ame, te
ame con esa fuerza y te haga sentir el centro y la luz de todo el
universo. Lo merecés. Todo te merecés.
Eso
es todo lo que te quise decir hoy cuando me acordé de vos.
Nada,
te comento.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario