[Cuento ganador del concurso de relatos para estudiantes secundarios, IV Fiesta de la Palabra, S.C. Bariloche, Argentina, octubre 2016. Publicado por la Editorial Municipal Bariloche]
A mi madre le gustaba tanto
Bariloche que cuando nos dejó no podía recorrer sus calles sin sentirla en cada
esquina. Por unos cuantos meses, pasaba las horas vagando sin rumbo y volvía a
casa sin recordar donde había estado. Estrés postraumático, le dijo la pediatra
a mi viejo. Él me contó un tiempo después que esa Navidad colapsé y me encerré
sin comer o dormir por una semana. Para que volviese a vivir tenía que irme
lejos de acá y crecer en otra parte. En la Capital me recibí, me casé
felizmente y tomé un trabajo en una editorial. Conociendo lo que Bariloche significaba
para mí, mi mujer no opuso resistencia cuando le dije que me habían convocado a
compilar una antología en mi ciudad natal.
Desde el momento en que pisé el Sur
por primera vez en tantos años, me llegaron mil y una historias sobre este
personaje del folklore local, quien se había envuelto con los años de un
misterio mitológico sin precedentes en las bocas de la gente. Cuando yo era
chico se hablaba del Nahuelito, esa serpiente marina gigante que habitaba en
soledad el fondo inexplorado del Nahuel Huapi; y en círculos más apegados a la naturaleza
se discutían los detalles del Reino de los Duendes, que se guarecía de la gente
en lo profundo del bosque. Este sujeto, sin embargo, había surgido en mi
ausencia, por lo que no viví de primera mano la epidemia de preguntas y
respuestas que generó su insólita aparición. Fue en el reencuentro con viejos
compañeros de colegio que conocí su historia, a pesar de que ninguno de ellos
lo había visto jamás. La semana siguiente tendría la gran entrevista con el
hombre que me había contratado. Como el objetivo era poner en papel el legado
que había dejado tras de sí “el chico de la hamaca”, resolví en esa semana
compilar las diez leyendas lo más fielmente posible a como habían sido
contadas, dejando un recuerdo eterno de esa historia de la que cada
barilochense conocía un pedacito. Esto es lo que averigüé.
La hamaca más gastada de la plaza Belgrano era
su palacio, y su reino se extendía hasta donde llegasen sus pies al hamacarse.
Por las tardes era “el chico de la hamaca”, un personaje que podía haber
pertenecido a cualquier otra hamaca del país, pero por las noches era una estrella
que no podría haber residido en ningún otro lugar que en esa hamaca en
particular. Estaban los que decían que se llamaba Santiago, los que lo llamaban
Nahuel y unos pocos dijeron que era una nena, pero no existen fuentes
fidedignas para tales detalles. También había discordias en cuanto a su edad, la
que terminé promediando en trece años.
Los primeros testigos fueron los que
acostumbraban llevar a sus hijos pequeños a la plaza. Vieron al mismo chiquito
todos los días, hamacándose en el mismo lugar a la misma velocidad, con la
mirada en la distancia y las zapatillas de lona acumulando capas de barro. Un
par lo vieron irse de allí, pero la mayoría lo contó como una presencia constante,
un pequeño guardaparque soñador. Una noche a fines de octubre, un grupo de
alumnos de primaria organizó un campamento en la plaza. Para sorpresa de
algunos chicos que ya lo habían visto por la tarde, él aún estaba ahí al
haberse cerrado la noche. En un lapso de diez minutos donde la maestra y los
padres se distrajeron, un improvisado auditorio se compuso al frente del chico
de la hamaca. Treinta niños se sentaron de piernas cruzadas en la tierra, en un
silencio expectante, mientras él rompía su silencio acostumbrado para contarles
una historia. No dio charla de cortesía ni preámbulo alguno. Desde su pequeño
trono contó una leyenda que decía algo sobre araucarias que dejaron de ser
venenosas. El niño hablaba con la parsimonia, articulación y vocabulario de un
viejo caballero, tan cómicamente incoherente en un varoncito que,
evidentemente, no iba a la escuela.
Quienes estaban en el piso de la
plaza esa primera noche no recuerdan toda la leyenda que contó, aunque haya pasado
horas envolviéndolos en su voz. Incluso los padres que estaban presentes dicen
que no lo podría haber contado mejor si lo hubiese leído en voz alta de un
libro. Había algo especial detrás de esa voz, algo escondido entre las ondas de
su sonido que ataba a sus espectadores como moscas en una telaraña.
Las noches siguientes, algunos de
los oyentes lloraron y patalearon ante sus padres pidiendo que los lleven a
escuchar al chico de la hamaca. Desde entonces y por setenta noches, decenas de
chicos y algunos grandes se reunieron en la plaza antes de cada medianoche para
conseguir lugares cercanos al chico. Rápidamente se comenzó a repetir cada
velada una riña por lugares privilegiados; si se alejaban más de tres metros no
podían escucharlo. Él hablaba con suavidad y somnolencia, como si se contara
cuentos de cuna a sí mismo, creando así una distancia inconmensurable entre él
mismo y la audiencia, cuya presencia parecía no notar.
Contó diez historias, cada una
durante una semana. Aunque no tenía un reloj, comenzaba a hablar a las doce y
se sumía en su silencio pensativo a las tres; ni un segundo más, ni un segundo
menos. Como empujado por un magnetismo extraño, el chico se levantaba de su
hamaca y caminaba hacia el cartel que señalaba la avenida de los Pioneros,
donde se detenía si alguien intentaba seguirlo. Cuando lo dejaban solo se
perdía en la distancia, arrastrando los pies por la avenida. Para la hora donde
los pájaros empezaban a cantar, él ya estaba de nuevo garabateando con la punta
de su zapatilla en el suelo pedregoso bajo la hamaca.
Como en las teorías que circulan la
biografía del mismo Shakespeare, toda la ciudad se preguntó cómo era posible
que un niño tan joven tuviera en su mente todo lo que expresaba. Relataba
leyendas araucanas con nobleza casi religiosa y las fábulas nórdicas dejaban de
ser una infantilidad al momento de salir de su boca. Siempre había alguien en
el ansioso público que ya había oído la historia de la semana antes, pero nadie
fue capaz de decir que el chico estaba agregando trivialidades a cuentos de
viejas para rellenar el tiempo; sino que estaban de acuerdo en que él parecía
ser el único en el mundo que conocía las historias en verdad. Que él, con su
cuerpo menudo y mirada desenfocada, tenía encerradas identidades y culturas enteras
dentro de sí. Nadie supo explicar concretamente cómo podía ocurrir algo así,
pero hay cosas que no se deben cuestionar. Nada quiere más un pueblo que ha
dejado de creer en la magia que una mínima señal de que aún existe tal cosa. Si
el chico les hubiese dicho que era la reencarnación legítima de Jesucristo, Nguenechén
o Paris Hilton, seguramente le habrían creído.
La mañana después de que el chico concluyó
su décimo relato, su hamaca amaneció colgando de una sola cadena. La tabla
desgarrada se mecía como si llevase tantos años vacía que había aprendido a
jugar sola con el viento.
Los primeros que se quedaron mirando
el trono vulnerado, con una vaga y pasajera tristeza, fueron los ancianos que
frecuentaban la Belgrano de madrugada. No se detuvieron demasiado; ya habían en
sus vidas sido testigos de tragedias peores. Los primeros niños y sus padres
aparecieron alrededor de las diez y comentaron entre ellos la esperanza de que
la Municipalidad la reparase pronto. Ofrecieron a sus desconsolados hijos alivio
en forma de helados de palito y se fueron cada uno por su lado a la hora del
mediodía. Los pocos chicos que aparecieron después del colegio se sorprendieron
de no verlo ahí, y se lo contaron al resto de sus amigos por grupos de
Whatsapp.
Esa medianoche, la plaza Belgrano
veló esperando al que debía romper su silencio y él nunca llegó.
Al comienzo decían que se había ido
a aprender nuevas leyendas con la gente de valle adentro. Cuando había pasado
un año, era tangible la nostalgia de los chicos que se reunían, fin de semana
por medio, alrededor de la hamaca. Ésta continuó colgada de un solo lado hasta
que la renovaron unos tres años más tarde. Cuando los niños que habían sido
oyentes de primera fila cada noche dejaron de ser niños, intentaron sin fruto redactar
las historias que habían consignado a su memoria, desde esa madrugada en que el
chico de la hamaca se esfumó.
El más ferviente de esos devotos fue
quien me convocó a regresar a la ciudad. Al estrechar mi mano cuando acudí a la
ansiada entrevista, el hombre me miró fijamente y su cara perdió el color en un
instante.
– ¿Sos vos?– susurró.
No entendí la pregunta.
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