martes, 18 de octubre de 2016

Rosa

La primera vez que te dijeron que ya estabas grande para tenerle miedo a la oscuridad te diste cuenta que no entendían de qué hablabas.
Te callaste de una vez, le diste un respiro a la familia que empezó a comentar lo madura que estabas.
Al año te enseñaron en biología esa dudosa teoría de que los hombres ven menos colores que las mujeres y vos te acordaste de cuando le pediste a tu papá una bicicleta rosa y te regaló un moretón violáceo.
Por un segundo tuvo sentido pero después era tu mamá la que debería haber distinguido más de una oscuridad
(no es igual el verde oscuro al rojo oscuro ni al invierno oscuro ni al deseo oscuro ni al amarillo oscuro)
pero mamá se había comprado anteojos de hombre porque ver tantos colores le había revuelto la panza.
Vos solo te diste cuenta de esto cuando encontraste el estuche de los anteojos en su cajón entre pastilleros y condones y le preguntaste llorando por qué no te contó que había vida después del orgasmo.
Te miró con cara de manos en la masa como cuando encontraste tus propias cartas a Papá Noel en la alacena,
y desentendida te gritó que estabas invadiendo su espacio.
Claro que tenía su espacio, ella estaba en el espacio siempre que vos llegabas a casa con el cerebro vibrando caliente y los ojos inyectados.
Eso estaba bueno igual, pensabas,
había encontrado un espacio ahí afuera donde nadie más llegaba
y nada la tocaba
y esperabas encontrar uno así para quedarte a vivir
cuando la baranda del puente te soltara el vestido.

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